Desde chico presentaba movimientos involuntarios y, en determinados momentos, decía palabras o frases que no quería decir. Situaciones que no podía controlar y que, durante su infancia y adolescencia, muchas veces generaron incomprensión.

Con el paso de los años, David pudo conocer más sobre el síndrome, terminó sus estudios y consiguió trabajo. También formó pareja y, en mayo de este año, junto a su novia, tenía previsto viajar a las Cataratas.

Sin embargo, el viaje terminó de una manera inesperada. En el aeropuerto, durante uno de sus episodios involuntarios, David dijo la frase “tengo una bomba”.

A pesar de que llevaba certificados médicos que explicaban su condición, finalmente no le permitieron abordar el vuelo.

Ahora, David reclama mayor capacitación y conocimiento sobre el síndrome de Tourette para evitar que otras personas atraviesen situaciones similares.

Su caso vuelve a poner en debate la importancia de comprender que determinados comportamientos pueden estar vinculados con una condición neurológica y no necesariamente representar una amenaza.

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