En 1998 mientras por las calles de Buenos Aires se vivía bajo la convertibilidad, el fervor por el Mundial de Francia y el incesante paso de los colectivos recorriendo desordenadamente la Av. Rivadavia, Ariela y Andrés se vieron sin verse por primera vez.Es decir, los adolescentes no se habían mirado jamás en su vida pero, sin saberlo, frecuentaban el mismo espacio. Hasta que el destino —y las decisiones adultas— hicieron que de un día para el otro pasaran a vivir bajo el mismo techo. Algunos lo llaman casualidad, la vida dice que es sincronía.La madre de ella, Lucía; y el padre de él, Eduardo, se habían conocido en un curso de actualización bancaria en el microcentro, en un edificio de la calle Reconquista al 400. Se enamoraron rápido, de hecho, la coincidencia de tener tanto en común los acercó más todavía: ella tenía a Ariela de 14 años, y él a Andrés de 16; los mandaban a escuelas por el mismo barrio; e incontables datos más que hoy no hacen a la historia en cuestión. Así, cada uno con su hijo del matrimonio anterior, en un lapso de meses decidieron ensamblar familias y mudarse todos juntos a un departamento amplio en José María Moreno y Valle, en el corazón de Caballito.